Secuencia de Sin perdón (Unforgiven, 1993): ¿Quién es el dueño de esta pocilga?

Lo que de verdad llamó la atención es que alguien como Clint Eastwood tuviera esa sensibilidad. Cierto es que ya había dirigido su mejor película (Bird, 1988) pero aún le quedaba por encumbrar un buen western. Y cuando lo hizo no homenajeó a Leone, su “padre” cinematográfico, sino que arriesgó e hizo una de las mejores películas del final del siglo XX, y sobre todo, la última película del Oeste digna de figurar entre las más grandes.

La escena que nos ocupa es una genialidad del tiempo y la fotografía. Desde un plano subjetivo, en el que entendemos que William Munny se enfrenta, borracho y  en medio de la tormenta, al execrable espectáculo de ver a su amigo y compañero muerto, Eastwood nos lleva al interior de una típica taberna del Oeste. A la gente que la puebla ya la conocemos, sus parroquianos son los hombres del sheriff, y las putas, sus habitantes. Little Bill (majestuoso, como siempre, Gene Hackman, Oscar al mejor actor secundario) está fanfarroneando, como siempre. Pero esa noche es especial. Está pletórico. Ha tenido la oportunidad de dar rienda suelta a su sadismo, y además ha cazado una pieza de lo más preciada. Con lo que no cuenta es que Munny va a regresar, él y su leyenda, la que hizo de William el asesino más temido en el pasado. Y así es su aparición, acorde a su condición: terrorífica.

Con una fotografía en claro oscuro, el clímax de una obra maestra como es Sin perdón (Unforgiven, 1993)  no podía estar exenta de los elementos propios del cine del Oeste, en este caso, de un western crepuscular, en el que no hay ganadores, solo hay vencidos, seres que arrastran su miserable vida por el alambre de la supervivencia, en un entorno en el que la rudeza, la misoginia y la masculinidad mal entendida, gobiernan la ciudad.

El plano medio de Eastwood bajando el rifle para apuntar a sus víctimas, roto por el quejido de un trueno, arrebata el corazón, y lo prepara para la masacre final, en la que cualquier hombre es un objetivo si se tropieza con Munny. Primero dispara al dueño del local, porque “debió haberse armado cuando decidió decorar su salón con mi amigo”. Después un tiroteo épico, en el que tu héroe, la persona a la que alientas, está considerando matar a una piara de hombres que previamente le han seguido con fatales intenciones.

Y una vez que Munny se ha deshecho de sus enemigos, se sienta plácidamente a beber, una afición olvidada que en el pasado ha sido motivo de horror y muerte. Aun falta el final deseado para Little Billy, quien, en un código de terror, ha “resucitado” del tiroteo, y aun vencido, es capaz de tomar conciencia de su realidad, y reclamar al mundo “su” justicia, con ese “no me merezco esto” que a los españoles nos lleva irremediablemente al espacio de la memoria que ocupa un Mundial en Italia en el que, como casi siempre, fuimos prescindibles.

Al gran Clint le quedaban aun un par de tiros en la recámara (Million Dollar Baby en 2004, y Grand Torino en 2008) pero con Sin perdón no solo recuperó EL género del cine por antonomasia, sino que además filmó algunas de las escenas más líricas y preciosistas del Séptimo Arte.

Javier Martín Corral

Comparte el coolto

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *