Midnight Special (Jeff Nichols, 2016): un Mesías de otro mundo

En 2011 J. J. Abrams intentó barnizar Súper 8 del espíritu ochentero que flotaba en el aire del nuevo milenio. Se trataba de una maniobra tramposa que apelaba a la nostalgia de los que habían crecido entre cardados imposibles y hombreras propias de un quarterback de fútbol americano. Sin embargo, la película era un claro ejemplo de estética sin contenido, que lucía descuidadamente las costuras de su guión, y demostraba la dificultad de imitar el cine de aquella década. Cinco años más tarde, Midnight Special evidenció la diferencia entre el típico oportunista que oculta sus carencias bajo el manto de las modas pasajeras y un cineasta capaz de tender un puente sobre más de treinta años de cine americano.

Queda claro que Midnight Special no es una producción de los 80, pero hubiera encajado armoniosamente en la producción de la época. A lo largo de su metraje, encontramos situaciones e imágenes que recuerdan, entre otras, al E.T., el extraterrestre (1982) de Steven Spielberg y al Starman (1984) de John Carpenter. En ambos casos, se trata de referencias conscientes a través de las que Jeff Nichols homenajea el cine con el que creció. Manteniéndose fiel a la estética de sus modelos, el director de Take Shelter (2011) evita el abuso de los efectos especiales y, como viene siendo habitual en su cine desde Shotgun Stories (2007), vuelca todos sus esfuerzos en la construcción de esa atmósfera tensa e inquietante que reina en su quinta película.

Desde el primer momento, el espectador camina entre unas tinieblas argumentales que no desaparecerán a lo largo del metraje: varios agentes del gobierno y el jefe de una secta buscan desesperadamente a un niño de ocho años por motivos muy diferentes. La elección de Nichols es sumamente arriesgada, pero demuestra ser idónea a la hora de sostener la intensidad de la narración. ¿Qué hace de Alton una criatura tan especial? ¿Con qué propósito le persiguen? ¿Cómo se ha creado una secta en torno a su figura? Lejos de resolverse, las incógnitas se multiplican a medida que transcurren los minutos. Algunas serán parcialmente despejadas, mientras que otras permanecerán para siempre en la oscuridad.

Contra todo pronóstico, Jeff Nichols armoniza ingredientes tan dispares como el drama, la religión (los paralelismos con Jesucristo son evidentes) y la ciencia ficción en esta road-movie que circula sinuosamente por las carreteras del sur de los Estados Unidos. De esta manera se generan diversos puntos de interés y se favorece la existencia de narraciones paralelas que puntualmente convergen en un motel cualquiera (de ahora en adelante “refugio en el que Alton pernoctó durante su peregrinaje”) o en una carretera secundaria (el sendero que Alton recorrió para alcanzar la “ascensión”), dando lugar a situaciones de alta tensión e incrementando la incertidumbre del argumento.

Es inevitable pensar en el protagonista como una suerte de Mesias (¿acaso no recuerdan sus padres a unas nuevas versiones de María y José que probablemente no hayan concebido a su primogénito por los cauces habituales?) que hace brotar la esperanza en todo aquel que conecta con su mirada, o como un arma letal cuyos poderes podrían doblegar a cualquier ejército con el simple gesto de quién se quita unas gafas y clava la mirada en su objetivo. Sin embargo, el joven Alton deja al descubierto el egoísmo humano y despeja las dudas sobre su verdadera naturaleza con tan solo una frase: “no soy un salvador ni un arma, tan solo soy de otro mundo”. En ese momento la decisión de hacer girar Midnight Special sobre la figura de un niño cobra sentido: de algún modo, un superhéroe de ocho años, con unas extrañas gafas y unas orejeras por disfraz, muestra el camino a una sociedad (supuestamente) adulta.

Y en mitad de todo este desconcierto controlado surgen un buen número de reflexiones acerca de la esperanza, la manipulación y la familia, para las que el director no ofrece respuesta alguna. Desde la primera secuencia presenciamos la perfecta simbiosis entre un guión insinuante y una planificación visual que persigue un estado de ánimo muy específico en el espectador: planos largos, montaje sereno y prioridad del dramatismo frente a la acción. Ambos elementos participan de un juego perverso que altera las convenciones del género con repentinas ráfagas de imprevisibilidad y construye la inquietante atmósfera de la película mediante unos diálogos que revelan información de un modo aparentemente despreocupado, y unos planos lo suficientemente pausados como para que sus personajes rebosen autenticidad.

En este sentido, Michael Shannon vuelve a demostrar que su mirada sería capaz de sostener en solitario casi cualquier escena, sin por ello desmerecer el excepcional trabajo de Joel Edgerton, Kirsten Dunst y Adam Driver. A este último, Jeff Nichols le regala un papel  fundamental para la reconstrucción parcial del puzzle planteado al inicio del film. Como en la vida misma, una vez finalizada la película no estamos seguros de haber comprendido la historia de Alton en toda su dimensión, de haber asistido a un final feliz o a la pérdida definitiva de la esperanza. Y es que al igual que ocurre en el mundo que retrata Midnight Special, la verdad no suele encontrarse en las pantallas de los noticiarios, de los sistemas de vigilancia, de las cámaras de vídeo y mucho menos en la pantalla de una sala de cine, sino al otro lado de esa lente capaz de construir mentiras a partir de la realidad más objetiva.

Carlos Fernández Castro

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