Heaven Knows What (Ben & Joshua Safdie, 2014): gravedad intoxicada

A pesar de que el cine norteamericano disfruta de una considerable y masiva presencia en salas comerciales, resulta siempre especialmente llamativo que muchas de sus producciones independientes, las más interesantes de aquella filmografía, queden relegadas a los márgenes de la distribución. Los hermanos Safdie están siendo una de las sensaciones de esta temporada cinematográfica con Good time (2017), pero las extrañas y complejas leyes del mercado han provocado que ninguna de sus dos ficciones previas haya sido estrenada en pantalla grande. Hoy analizamos las virtudes fílmicas de su segunda e inédita película, Heaven knows what (2014).

La historia transita espacios muchas veces vistos en el cine; las calles neoyorquinas y la juventud consumida por las drogas. Los hermanos Safdie conocieron los diarios autobiográficos de Arielle Holmes y decidieron adaptar su historia, convirtiendo a la propia Arielle en protagonista a través del personaje de Harley. La relación entre Harley y su novio Ilya es el eje sobre el que se activa el relato. Dos marcas del estilo de estos directores hacen interesante y trascendente esta película. Por un lado, el riesgo formal y por el otro la hetorodoxa arquitectura narrativa. El prólogo presenta a la pareja compuesta por Harley e Ilya. La toxicidad no solo está presente en sus consumos, sino que en un primer zarpazo presenciamos las autoagresiones que Harley se provoca por su enfermiza obsesión hacia Ilya. La entrada en el hospital de la protagonista nos permite identificar el riesgo y la calidad de la mirada de los directores. En esa escena, en la que se cuelan los títulos de crédito, la cámara rompe con la armonía y la estabilidad en todas las direcciones: desde la horizontalidad a la verticalidad. No hay asideros ni pivotes para el espectador, el encuadre se desplaza ingrávido y caótico trasladando el caos y falta de estabilidad de los propios personajes. No resulta gratuita esta elección formal, sino que se percibe del todo funcional y justificada. La inteligentísima utilización de la música compuesta por Paul Grimstad y Ariel Pink, se sitúa en la estela de la de Jonny Greenwood para Paul Thomas Anderson. El cine como un arte creador de atmósferas, la narración concebida como una experiencia.

Otro de los riesgos que afronta el film es el de colocar a Ilya fuera de la narración durante dos tercios de su duración. Para explicar el “enganche” del personaje femenino por este, se omite su presencia mostrando el deambular de ella por los negocios y trapicheos de la realidad de los yonquis neoyorquinos. Los ojos de Harley son una ventana al vacío en el que está inmersa. El personaje de Mike será el tercer vértice de la película, una falsa tabla de salvación que ofrecerá un efímero sentimiento de seguridad. La elegancia de sus directores vuelve a hacerse patente en la última secuencia del film. La soledad de Harley abandonada y perdida se plasma en el encuadre. La cafetería donde se cierra Heaven knows what la muestra desplazada, arrinconada y silente. Los títulos de crédito dentro de las imágenes nos anuncian el final. En esta ocasión, parece que la película se resiste a ser ‘consumida’. Los protagonistas se aferran a la vida a pesar de ellos mismos. Resulta irresistible celebrar la eclosión en este 2017 de estos dos directores. A pesar de la dureza de sus imágenes y del poco convencional tratamiento fílmico del relato, las salas comerciales se merecen a los hermanos Safdie.

Javier Rueda Ramírez

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